lunes, 12 de enero de 2015

LA EDUCACIÓN COMO PROCESO DE HOMOGENIZACIÓN

La inacción de los estudiantes, la coacción en las aulas de clases, el rol fundamental de los libros de texto –otorgado por el mismo Ministerio de Educación- para ligar a los escolares con las materias y la estaticidad de los conocimientos enseñados, así es como funciona nuestra “gran” estructura educativa hoy en día, donde en éste ensayo pretendo abordar precisamente éste tema, partiendo con la siguiente tesis: “El objetivo ya no es aprender, sino aprobar con éxito un test como el SIMCE, la PSU y otras pruebas estandarizadas”

¿Es un sistema castigador? Claro que sí, que busca evaluar objetivos mediante calificaciones, donde la consecución de un objetivo conlleva un premio, y el resultado indeseable, un castigo. De esa forma es un número el que define nuestro desempeño e incluso nuestra calidad como persona, no reconociendo al estudiante como sujeto único, singular e irrepetible, lo cual violenta claramente su individualidad. Se cría al niño en base a premiar y castigar sus acciones bajo el criterio de un adulto y de una malla curricular rígida, con pocas perspectivas en cuanto a contenidos. En su libro Vigilar y Castigar, M. Foucault nombra tres elementos que coexisten en la educación; éstos son: la vigilancia jerárquica, la sanción normalizadora y el examen, los cuales se imponen mediante tecnologías específicas de poder en las aulas de clases, calificando a los alumnos de buenos y malos, normales y anormales. Esto se hace con un objetivo claro: ejercer hegemonía y establecer homogeneidad en el estudiantado para volverlos dóciles. Cuando se basa la educación en premios y castigos se está vinculando fuertemente al condicionante externo, así el estudiante adopta un papel pasivo en el tema de la decisión. Si bien este procedimiento puede ser eficaz los primeros años, después se gesta una mentalidad en el niño por la que cree que la educación se reduce sólo a ésta dicotomía de premio y castigo, pierde el interés en el estudio y se genera en él un desgano tal que lo único que ansía es dejar tan pronto como sea posible el colegio. Está generalizada la creencia errónea en la instrucción, de índole autoritaria, donde vemos que el adulto, por tener las capacidades más "desarrolladas y dadas a sus experiencias" se cree que tiene derechos encima del alumno. Otro autor, Paulo Freire, plantea también que la narración de los contenidos en la escuela tiende a petrificarse y esto implica la estructura de un sujeto activo, que habla —el educador— , y unos “objetos” pasivos, que oyen —los educandos—. Éstos fijan, memorizan y repiten los contenidos que les son enseñados. El autor denomina a éste tipo de educación, “educación bancaria” .

Sin embargo, para el gran filósofo que fue Platón, la educación era el proceso que permite al hombre tomar conciencia de la existencia de otra realidad, más alta y más plena, a la que está llamado, de la que procede y hacia la que se dirige. Por tanto, “la educación es la desalienación, la ciencia es liberación y la filosofía es alumbramiento”. Este filósofo idealista concebía la educación como la luz del conocimiento. Pero cuando nos dirigimos a un liceo o colegio ¿es realmente así? Parece que la educación ha ido perdiendo su verdadero objetivo, perdió esa concepción de luz del saber para cambiarla por otra que le otorga un carácter funcional, es decir, se nos presentan los libros como instrumentos de control social, donde existen límites y procesos a los cuales deben ser sometidos los contenidos a publicar, un panorama que se vive hoy en las mallas curriculares. Juegan el rol de la caverna: un lugar de encierro que intenta mostrar la realidad a sus alumnos a través de sombras. ¿Por qué sombras? Porque el conocimiento que entrega y las experiencias que cobija, muchas veces son una vaga idea de lo que la realidad es. El establecimiento no puede ser un lugar de encierro para el conocimiento, debe ser un microuniverso del conocimiento y de las experiencias que suceden fuera de ella. Es un tema que da para reflexionar y tornarnos críticos de nuestro entorno, ya que va fuertemente vinculado con nuestro sistema económico que tenemos arraigado hoy en día. Aprendamos a reconocer que las inteligencias son múltiples, en la diversidad del aprendizaje, y ayudemos con todas éstas herramientas a crear integridad en el ser humano, que el neoliberalismo fracciona para sus intereses, usemos el conocimiento como una utilidad al servicio del ser humano, y no al servicio del mercado ni del Estado. Dejemos atrás lo cuantitativo, demos más espacio a lo cualitativo, y que ojalá todos logren entender que para educar no es necesario dar una serie de conocimientos inertes, sino más bien encender la llama del deseo de saber en el estudiante.

Javier Ortiz Gajardo

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