La educación actual forma al educando para que sea un ciudadano funcional, es decir, funcional para el Estado, para el mercado o, en general, para el sistema social imperante. Lo transforma en una pieza que cumple una utilidad práctica en una gran máquina llamada sociedad, para la cual es más fácil controlar a las masas cuando éstas han sido condicionadas desde pequeñas a responder como se les pide. Se elimina así la amenaza de que cualquiera ejerza su libre voluntad, haciendo que los hombres dejen de ser hombres, para ser convertidos en cosas que deben cumplir un fin establecido. Autómatas que siguen órdenes.
Para conseguir esto se somete a las personas a una educación que les exige la asimilación de lo que Whitehead llama “ideas inertes”, lo que en palabras de Platón corresponderían a “[...] algunos de los objetos de las percepciones [que] no incitan a la inteligencia al examen, por haber sido juzgados suficientemente por la percepción, mientras otros sin duda la estimulan a examinar, al no ofrecer la percepción nada digno de confianza.” (Platón, República, VII 523 b). Estas ideas inertes son menos inteligibles, puesto que no contienen una utilidad para entender otras ideas, es información estática que el estudiante debe aprender de memoria puesto que no consigue ver su sentido. Y así es adoctrinado para acatar, sin cuestionar la información que le es entregada como única verdad. En el juego de la erudición, los mejores jugadores son los que no se quejan, los que no tienen ninguna capacidad crítica, y a veces no parecerían tener características propias de la identidad del ser humano. Son tal como los prisioneros en la caverna de Platón, expertos conocedores de las sombras que danzan frente a ellos, pero completos ignorantes del sol que brilla afuera. “Un hombre simplemente bien informado es lo más fastidioso e inútil que hay sobre la tierra.” (Los fines de la Educación, p. 15)
Tal como Stanley Milgram demostró en su experimento sobre la obediencia a la autoridad, las personas que han recibido esta educación basada estrictamente en ideas inertes, vienen a ser sujetos comunes y corrientes, heterónomos, que a la larga han dejado de actuar como personas, para pasar a ser meros instrumentos de voluntades ajenas, puesto que la educación que han recibido los ha hecho mediocres, sumisos e incapaces de actuar de acuerdo a sus propios principios morales. Pero, por otro lado, el que no está dispuesto a ser un buen jugador, el que se atreve a querer algo diferente es molesto para la organización, y es castigado por su búsqueda de autonomía. El que no accede a ser transformado en un erudito, debe sufrir las consecuencias de preferir la sabiduría. El individuo es perseguido por no querer ser parte de la masa. Es lo que le sucede al filósofo que regresa a la caverna, en la alegoría de Platón, después de que ha sido liberado de las cadenas que lo tenían atado y ha conocido la verdad: “Tampoco sería extraño que alguien que, de contemplar las cosas divinas, pasara a las humanas, se comportase desmañadamente y quedara en ridículo por ver de modo confuso y, no acostumbrado aún en forma suficiente a las tinieblas circundantes […].” (Platón, República, VII 517 d)
Y el entrenamiento para la PSU es sólo otra forma de fabricar ciudadanos funcionales, es decir, funcionarios. El estudiante se ve sometido a una categorización perversa, que mide su utilidad de acuerdo al puntaje de una prueba que exige el conocimiento de diversas ideas inertes. A partir de cierto punto, gran parte de los esfuerzos para “educar” al estudiante se ven dirigidos a convertirlo en una máquina de contestar preguntas, algo que de por sí se ve reflejado de una forma u otra durante todo el proceso educativo, pero que se ve aún más acentuado en los últimos años de este proceso. El estudiante queda ahora reducido, no a calificaciones, sino a un puntaje que define, en cierta medida, las posibilidades de continuar su educación. Pero, de nuevo lo que se evalúa son más ideas inertes, ¿qué calidad de evaluación es, entonces? Una prueba estandarizada no hace más que deshumanizar aún más a los estudiantes, pues ignora deliberadamente las cualidades que lo hacen único, pidiéndole capacidades que el sistema valora, y que más que capacidades, son aptitudes para ser un ciudadano funcional al sistema, es decir, un ciudadano que básicamente tiene que responder del modo como se le pide. Así, sería preferible no tener en la PSU el rendimiento que se considera correcto, pues implicaría degradar la propia condición de ser humano, sin embargo, tal como está establecido el sistema educacional actualmente en este país, el estudiante está obligado a ceñirse a los protocolos si quiere continuar sus estudios y comenzar a educarse verdaderamente en la universidad.
Ahora bien, ¿cómo tendría que estar focalizada la educación para revertir esta situación? Si actualmente lo que hace el sistema educativo es formar ciudadanos funcionales, entonces hay que aspirar a una educación cuyo propósito sea deformar. “Por consiguiente, la educación sería el arte de volver este órgano del alma (el intelecto) del modo más fácil y eficaz en que puede ser vuelto, mas no como si le infundiera la vista, puesto que ya la posee, sino, en caso de que se lo haya girado incorrectamente y no mire adonde debe, posibilitando la corrección.” (Platón, República, VII 588 d). Y así, la educación tiene que ser “[...] un volverse del alma desde un día nocturno hasta uno verdadero; o sea, de un camino de ascenso hacia lo que es, camino al que correctamente llamamos 'filosofía'.” (Platón, República, VII 521 c). La corrección de la vista tiene que llevar al estudiante a salir de su ignorancia, a salir de la caverna que Platón describe, para que contemple la verdad y comience su ascenso en la línea divisoria del conocimiento (República, VI), hasta que logre inteligir las causas del ser, el sol según la alegoría de la caverna (República, VII) y, así permitirle el amor por el conocimiento, la filosofía, que lo guiará hacia el Bien y a la Belleza, de los cuales está falto y por eso los desea (cf. Platón, Banquete, "Discurso de Diótima"). Como dice Whitehead: “Desde el comienzo mismo de su educación, el niño ha de sentir la alegría del conocimiento, debe descubrir que las ideas generales dan una comprensión de esa corriente de acontecimientos que fluye a través de la vida, que es su vida.” (Los fines de la Educación, p. 17). Así, la educación conseguiría formar personas libres, con capacidad suficiente para ejercer su libre voluntad, personas que según Whitehead tendrían verdadero estilo.
Bibliografía:
Platón. República VII. Madrid: Editorial Gredos, 1986.
Whitehead, Alfred. Los fines de la educación y otros ensayos. Buenos Aires: Editorial Paidós, 1971.
Antonia Arriagada Rebufel