lunes, 12 de enero de 2015

SALIENDO DE LA CAVERNA

¿Por qué se llama así este espacio dialéctico? Elegimos esta expresión como sello de identidad de este blog, inspirados en la lectura de la alegoría de la caverna que Platón desarrolla en el libro VII de la República. En ella el filósofo griego compara al hombre sin educación con un prisionero que, encadenado de piernas y nuca en una caverna, está forzado desde niño a mirar hacia una pared en la que se proyectan meras sombras y apariencias que él toma por lo que es real y verdadero. La tarea de la educación ‑de la paideia‑ consiste en liberar al joven de estas cadenas para que pueda volver la mirada a su entorno, reconocer que está atrapado en esa morada cavernosa, y vislumbrar que al final de ésta se encuentra la puerta de salida al mundo exterior donde brilla la verdadera realidad. 

Aplicando esta alegoría a nuestro tiempo, identificamos la caverna con la educación actual, donde nuestros jóvenes están atrapados por las cadenas de la ignorancia, de la falta de oportunidades y de horizontes de desarrollo personal. 

Saliendo de la caverna es un llamado a colaborar en el desarrollo del bien común por medio del mejoramiento y la dignificación de la educación. 

Los editores

DESARROLLAR LAS INTELIGENCIAS MÚLTIPLES






En nuestro país la educación valora sólo lo que es la inteligencia lógica y matemática, dejando de lado las capacidades de otra índole, provocando así una discriminación entre estudiantes. Si un estudiante no es bueno para los cálculos matemáticos se le tilda de “tonto”, en cambio al estudiante hábil para esta materia se le denomina “inteligente”.

Howard Gardner postula una teoría que habla sobre las inteligencias múltiples, las cuales demuestran que no sólo la matemática es la más importante, ya que él habla de la inteligencia como la “capacidad mental de resolver problemas y/o elaborar productos que sean valiosos en una o más culturas”. Por tanto, propuso otros tipos de inteligencias como lo son la lingüística, corporal – quinésica, visual – espacial, musical, interpersonal, intrapersonal y naturalista, las cuales sirven de manera particular para una clase determinada de situaciones o profesiones.

Además, Gardner afirma que las inteligencias no son solamente innatas, sino que el individuo tiene la capacidad de desarrollarlas con el entrenamiento y motivación adecuados.

La teoría de Gardner argumenta que los estudiantes tendrán una mejor educación si se tiene una visión más amplia de ésta, en donde los profesores usen diferentes metodologías, ejercicios y actividades que lleguen a todos los estudiantes, no sólo a aquellos que tienen éxito en la inteligencia lógica y matemática, sino a todos los alumnos. Esto ayudaría a integrar a los alumnos de una manera más pareja, no habría discriminación por “quién sabe más”, ya que todos serán buenos en diferentes áreas. Con estas medidas dejaríamos de ser esclavos del sistema, pues ya no seríamos lo que éste quiere y pasaríamos a ser algo que nosotros mismos habremos elegido.

Stephania Erices Cartes

DEFORMAR PARA EDUCAR






La educación actual forma al educando para que sea un ciudadano funcional, es decir, funcional para el Estado, para el mercado o, en general, para el sistema social imperante. Lo transforma en una pieza que cumple una utilidad práctica en una gran máquina llamada sociedad, para la cual es más fácil controlar a las masas cuando éstas han sido condicionadas desde pequeñas a responder como se les pide. Se elimina así la amenaza de que cualquiera ejerza su libre voluntad, haciendo que los hombres dejen de ser hombres, para ser convertidos en cosas que deben cumplir un fin establecido. Autómatas que siguen órdenes.


Para conseguir esto se somete a las personas a una educación que les exige la asimilación de lo que Whitehead llama “ideas inertes”, lo que en palabras de Platón corresponderían a “[...] algunos de los objetos de las percepciones [que] no incitan a la inteligencia al examen, por haber sido juzgados suficientemente por la percepción, mientras otros sin duda la estimulan a examinar, al no ofrecer la percepción nada digno de confianza.” (Platón, República, VII 523 b). Estas ideas inertes son menos inteligibles, puesto que no contienen una utilidad para entender otras ideas, es información estática que el estudiante debe aprender de memoria puesto que no consigue ver su sentido. Y así es adoctrinado para acatar, sin cuestionar la información que le es entregada como única verdad. En el juego de la erudición, los mejores jugadores son los que no se quejan, los que no tienen ninguna capacidad crítica, y a veces no parecerían tener características propias de la identidad del ser humano. Son tal como los prisioneros en la caverna de Platón, expertos conocedores de las sombras que danzan frente a ellos, pero completos ignorantes del sol que brilla afuera. “Un hombre simplemente bien informado es lo más fastidioso e inútil que hay sobre la tierra.” (Los fines de la Educación, p. 15) 


Tal como Stanley Milgram demostró en su experimento sobre la obediencia a la autoridad, las personas que han recibido esta educación basada estrictamente en ideas inertes, vienen a ser sujetos comunes y corrientes, heterónomos, que a la larga han dejado de actuar como personas, para pasar a ser meros instrumentos de voluntades ajenas, puesto que la educación que han recibido los ha hecho mediocres, sumisos e incapaces de actuar de acuerdo a sus propios principios morales. Pero, por otro lado, el que no está dispuesto a ser un buen jugador, el que se atreve a querer algo diferente es molesto para la organización, y es castigado por su búsqueda de autonomía. El que no accede a ser transformado en un erudito, debe sufrir las consecuencias de preferir la sabiduría. El individuo es perseguido por no querer ser parte de la masa. Es lo que le sucede al filósofo que regresa a la caverna, en la alegoría de Platón, después de que ha sido liberado de las cadenas que lo tenían atado y ha conocido la verdad: “Tampoco sería extraño que alguien que, de contemplar las cosas divinas, pasara a las humanas, se comportase desmañadamente y quedara en ridículo por ver de modo confuso y, no acostumbrado aún en forma suficiente a las tinieblas circundantes […].” (Platón, República, VII 517 d)


Y el entrenamiento para la PSU es sólo otra forma de fabricar ciudadanos funcionales, es decir, funcionarios. El estudiante se ve sometido a una categorización perversa, que mide su utilidad de acuerdo al puntaje de una prueba que exige el conocimiento de diversas ideas inertes. A partir de cierto punto, gran parte de los esfuerzos para “educar” al estudiante se ven dirigidos a convertirlo en una máquina de contestar preguntas, algo que de por sí se ve reflejado de una forma u otra durante todo el proceso educativo, pero que se ve aún más acentuado en los últimos años de este proceso. El estudiante queda ahora reducido, no a calificaciones, sino a un puntaje que define, en cierta medida, las posibilidades de continuar su educación. Pero, de nuevo lo que se evalúa son más ideas inertes, ¿qué calidad de evaluación es, entonces? Una prueba estandarizada no hace más que deshumanizar aún más a los estudiantes, pues ignora deliberadamente las cualidades que lo hacen único, pidiéndole capacidades que el sistema valora, y que más que capacidades, son aptitudes para ser un ciudadano funcional al sistema, es decir, un ciudadano que básicamente tiene que responder del modo como se le pide. Así, sería preferible no tener en la PSU el rendimiento que se considera correcto, pues implicaría degradar la propia condición de ser humano, sin embargo, tal como está establecido el sistema educacional actualmente en este país, el estudiante está obligado a ceñirse a los protocolos si quiere continuar sus estudios y comenzar a educarse verdaderamente en la universidad.



Ahora bien, ¿cómo tendría que estar focalizada la educación para revertir esta situación? Si actualmente lo que hace el sistema educativo es formar ciudadanos funcionales, entonces hay que aspirar a una educación cuyo propósito sea deformar. “Por consiguiente, la educación sería el arte de volver este órgano del alma (el intelecto) del modo más fácil y eficaz en que puede ser vuelto, mas no como si le infundiera la vista, puesto que ya la posee, sino, en caso de que se lo haya girado incorrectamente y no mire adonde debe, posibilitando la corrección.” (Platón, República, VII 588 d). Y así, la educación tiene que ser “[...] un volverse del alma desde un día nocturno hasta uno verdadero; o sea, de un camino de ascenso hacia lo que es, camino al que correctamente llamamos 'filosofía'.” (Platón, República, VII 521 c). La corrección de la vista tiene que llevar al estudiante a salir de su ignorancia, a salir de la caverna que Platón describe, para que contemple la verdad y comience su ascenso en la línea divisoria del conocimiento (República, VI), hasta que logre inteligir las causas del ser, el sol según la alegoría de la caverna (República, VII) y, así permitirle el amor por el conocimiento, la filosofía, que lo guiará hacia el Bien y a la Belleza, de los cuales está falto y por eso los desea (cf. Platón, Banquete, "Discurso de Diótima"). Como dice Whitehead: “Desde el comienzo mismo de su educación, el niño ha de sentir la alegría del conocimiento, debe descubrir que las ideas generales dan una comprensión de esa corriente de acontecimientos que fluye a través de la vida, que es su vida.” (Los fines de la Educación, p. 17). Así, la educación conseguiría formar personas libres, con capacidad suficiente para ejercer su libre voluntad, personas que según Whitehead tendrían verdadero estilo.


Bibliografía:
Platón. República VII. Madrid: Editorial Gredos, 1986.
Whitehead, Alfred. Los fines de la educación y otros ensayos. Buenos Aires: Editorial Paidós, 1971.

Antonia Arriagada Rebufel



PROFESORES, NO SOMOS TABLAS EN BLANCO



La palabra “alumno” proviene del término “alere”, que significa alimentar o nutrir. Tal vez esta oración parezca trivial, es solo la etimología de una palabra. Pero no señores, esta controvertida frase es la declaración del objetivo del sistema educacional actual; sistema que establece a los estudiantes como sujetos pasivos en nuestra educación, esperando ser “alimentados” con una educación de poca calidad, en la que no desarrollamos habilidades (más allá de las mnemotécnicas); sino que solo nos sentamos ocho horas al día a ingerir datos para que luego sean vomitados en una prueba.

La concepción vigente del aprendizaje supone que los estudiantes solo aprendemos en el colegio, negando la capacidad de investigación innata del hombre, negando su curiosidad y su capacidad de reflexión sobre las situaciones cotidianas. Todo niño pregunta constantemente; sin embargo, la escuela no busca fomentar este natural cuestionamiento, más bien lo entierra bajo capas de ideas inertes e innecesarias para responder sus preguntas. Creemos que el que sabe más es más inteligente, pero ya casi nadie sabe que no sabe. Y a la larga, el niño una vez curioso, se rinde a tanto conocimiento inútil, obligado a memorizarlo y perdiendo su interés por cuestionar la realidad.

Si bien el sistema educacional que estoy criticando es el más difundido, es imposible negar la existencia de otro tipo de metodologías, como la de Waldorf o Montessori; pedagogías “más humanas”, que explotan esa curiosidad innata de sus estudiantes para construir conocimiento. Sin embargo, es aquí cuando queda en evidencia el mayor de los problemas de la educación: se le da un fin como formadora de funcionarios necesarios para trabajar y mover la economía, se cree que debe ser rápida, dar resultados precisos y además elevados, se cree que es un proceso que se puede manipular para obtener la máxima eficiencia (a diferencia de las escuelas antes citadas); pero eso es imposible, la educación es un proceso que dura toda la vida, pues en cada instante en el que el cerebro une dos ideas, estoy aprendiendo. Es incapaz de ser medida porque sus resultados solo se podrán apreciar a largo plazo. Ya no se ve a la educación como el faro que alumbra el destino de los hombres, sino como una máquina procesadora al servicio del utilitarismo económico de una nación. ¡Qué nefasto!

Y esta concepción de la educación influye en los estudiantes de tal forma, que ya ni siquiera nos molestamos en procesar las verdades que nos proponen nuestros profesores; estamos ante una situación crítica señores: si no hay personas capaces de cuestionar ni la realidad, ni las verdades, ni las acciones del país ¿cómo seguiremos avanzando?, ¿cómo es que progresaremos si no hay nadie que ponga los problemas sobre la mesa, nadie capaz de cuestionar los fundamentos de la sociedad?

Temo que Chile sufra un estancamiento durante esta y la próxima generación, pues seremos incapaces de preguntarnos qué hay que hacer y cómo hacerlo. Careceremos de la capacidad más importante del ser humano: cuestionar. Los estudiantes ya ni siquiera contemplamos la verdad de las cosas, no nos molestamos en salir de la caverna platónica; y si seguimos así, terminaremos por ser una masa únicamente estimulada por medios de comunicación, a merced de tendencias insustanciales y líderes sofistas.

Los alumnos no somos tablas en blanco esperando que alguien escriba sobre ellas, somos seres capaces de comprender y de cuestionar, no lo olviden nunca profesores.

Profesores, no permitan que el mañana se estanque, vuelvan a estimular nuestra capacidad de preguntar, vuelvan a formar amantes de la verdad, vuelvan a formar verdaderos líderes, vuelvan a formar filósofos.

“Lo importante es no dejar de hacerse preguntas” Albert Einstein.

Diego Ojeda Soto

NO APAGUEN NUESTRO DESEO NATURAL DE APRENDER


Yaiza Lorenzo

POR QUÉ UNA EVALUACIÓN PERIÓDICA DE LOS PROFESORES

Uno de los errores que actualmente se cometen en la educación chilena, es la permanencia de docentes en su ejercicio sin una correcta evaluación de su desempeño, lo que permite generar y mantener una serie de vicios en los profesores, como la pedantería, la rigidez de su pensamiento y conocimiento o la inhabilidad de incentivar a los alumnos a superarlos, no desafiándolos y limitándolos a ser personas heterónomas.

Es posible, e incluso probable, que la evaluación inicial que los facultaba para enseñar no haya sido la óptima, y entonces nos encontramos con docentes que desde un principio no debieron hacer clases y que son amparados por la práctica educativa.

Siguiendo a Platón, podríamos concebir a los profesores incompetentes como meros sofistas, y a los profesores ideales como verdaderos filósofos. Los primeros basarían sus clases en la genialidad que aparentan con su buen ejercicio de la retórica, con su capacidad de lograr que sus alumnos repitan cada contenido que les enseña, con su acabada forma de resolver sus dudas y cuestionamientos o simplemente con la inamovilidad y la rigidez de sus métodos que pueden no ser efectivos. Y los segundos, como aquellos que permiten, posibilitan y estimulan el aprendizaje de sus alumnos. Éstos últimos constituyen un puente educativo por el cual el estudiante debe pasar para desarrollarse y crecer en autonomía, en conocimientos y en habilidades. Pensamos que el buen profesor debe enseñar solo lo que sabe, sirviéndose del ejercicio de la mayéutica, para instar al estudiante a descubrir la verdad, la cual trasciende al maestro. Para que realmente progrese, el alumno debe ser capaz de superar a sus profesores.

Entonces, ¿por qué una evaluación periódica de los profesores? Porque tanto los conocimientos como los pensamientos se hayan relacionados con el contexto social, y, por ende, evolucionan con éste. Por consiguiente, los profesores deberían ser capaces, en cualquier momento de su ejercicio, de dar cuenta de tales cambios al transmitir sus enseñanzas a los alumnos.

¿Deben participar los alumnos en esta evaluación? Sí, porque ellos son quienes se ven afectados por la calidad de los profesores, en ellos se refleja su desempeño y porque también poseen el derecho de guiar parte del movimiento de su hacer clic en guardar proceso educativo.

Debería evaluarse de manera periódica a los profesores, y en este proceso, participar también en algún 
grado el alumnado.

Valentina Alarcón Rendich






NO MÁS MATERIAS INÚTILES, POR FAVOR


Eduardo  Paz